miércoles, 27 de junio de 2012

¿Alguna vez pensaste que te podía pasar a vos? P. III



En este punto de la narración voy a explicar un poco mi vida personal, un poco porque lo realmente relevante es lo que vendrá luego de percatarme de la ausencia de mi “alguien”.
Nací en Argentina un 23 de Noviembre de 1991 con un núcleo familiar bastante extenso: vivía con mis padres, ambos amantes de la hotelería, mis tres hermanas mayores (tengo tres hermanos mayores más pero dos viven en el exterior y otro ya está casado) y mi abuela Kala.
Nuestra casa era hermosa e inmensa, cada uno tenía su habituación exceptuando a dos de mis hermanas – Gabriela y Pía- que lo compartían porque al ser mellizas, según ellas, no podían dormir en lugares diferentes. Yo en mi niñez había optado por decorar el sótano y hacerlo mi habitación, pero a medida que fui creciendo entendí que no tenía nada de atractivo y que me  gustaba mucho más el ático, así que en este momento de la crónica dormía en la parte más alta de la casa. Me gustaba porque tenía una ventana que daba al cielo y otra a la calle; además era mi lugar, con mucho esfuerzo la había decorado a mi gusto: tenía una biblioteca con libros, fotos y carteles abrochados en una pared de corcho negro, televisión, cama de una plaza y media, un escritorio y muchos peluches en una esquina al lado de un puff violeta.
En la escuela, únicamente de mujeres, había sido una buena alumna, no ejemplar ni excelente, pero muy solitaria; por suerte nunca me afectó porque sabía que el problema no era mío sino de las demás chicas que les encantaba presumir todo lo que tenían. Mi nivel social no era bajo, habíamos heredado una cadena importante de hoteles en Latinoamérica y mis padres trabajaban mucho para darnos todo lo que queríamos. Pero a mí eso no me importaba demasiado, mis prioridades eran acumular animales en la casa, mantener orgullosa a mi familia y viajar. Sí, siempre me gustó mucho viajar, aunque alcancé mi objetivo ya adulta, de joven planeaba viajes y los escribía en un cuaderno- que aún conservo.
Cuando egresé no sabía qué carrera elegir entre todas las que me atraían así que comencé a trabajar en un hotel del señor Urizaga, socio de mi padre. Enseguida ascendí de rango ya que demostraba organización y disponibilidad para todo tipo de tareas, además de actitud y buen trato con las personas. Cómo iba a ser de otra manera, mis padres se dedicaban a supervisar hoteles y cuando visitaban los de su propiedad yo los acompañaba.
Con Valentino había comenzado a salir en tercer año y lo había conocido en una fiesta de Rubén, mi hermano varón de menor edad. No era de los chicos que más novias había tenido pero había acumulado un importante historial y yo lo despreciaba; además odiaba a los gatos y amenazaba constantemente con cocinar a uno de mis preferidos, Carbón.  Sin embargo, en la misma fiesta cambié de opinión cuando se acercó a mí con mi mascota y comenzamos una charla que duró toda la noche.
Al otro día Valentino me llamó a la mañana, me invitó al zoológico y después a cenar; en un primer momento creí que yo iba a ser una de sus novias que habían sufrido por su ciclotimia, pero los primeros meses demostró ser un caballero y un chico muy dulce.
Al año ya estaba completamente enamorada de él: nos divertíamos mucho, me comprendía como pocas personas lo habían hecho en mi corta vida y era capaz de todo por mí. Hasta que en el aniversario del tercer año le planteé que sospechaba que íbamos a ser papás. Desapareció. Se lo había dicho en mi casa, pasó todo el día conmigo pero a la noche tuvo que volverse (vivía en Belgrano) y después de eso dejó de llamarme, no respondía mis mensajes y no me visitaba. El amor que en algún momento había sentido se había transformado en un odio profundo y en una desilusión que aumentaba cada segundo que pasaba, y lo peor era que ese desprecio también lo sentía por el supuesto bebé.
Los primeros meses estaba sumida en una angustia incontrolable. Gracias a Dios, Vanessa apareció en mi vida y fue un gran sostén, por no decir el único, ya que mis hermanas estaban muy ocupadas para mí, a mis padres no quería decírselo, menos a mi abuela y el único lazo fuerte familiar que tenía era Darío, que en ese momento estaba en Europa escalando y no tenía forma de comunicación. Darío siempre fue un gran amigo, es el segundo hijo más grande y nunca me dejó sola, es más, cuando viajaba a la primera que llamaba era a mí y siempre me traía algo de sus viajes. Él nunca había confiado en Valentino, decía que era un chico genial para una relación sin responsabilidad, pero que si en algún momento ocurría algo que demandara madurez, no serviría. Tenía razón.
En fin, iba a trabajar llorando y me iba llorando. Viví dos meses con Vanessa en su departamento, cosa que me hacía muy feliz ya que ella me dejaba llorar tranquila, me escuchaba, me retaba y luego me hacía reír. Además, no había hecho lo que otra chica sí hizo: comprarme ropa de bebé y enviármela a casa. La razón la comprendí después y era bastante obvia, pero en ese momento no estaba muy lúcida, la chica estaba enamorada de Valentino y había sido su última novia antes que yo.
Cuando volví a casa la tristeza había cambiado por una frialdad notable, no me importaba nada, ni los animales. Preocupé a mi familia ya que creían que Vanessa era una mala influencia y me estaba drogando o algo así, discutí con ellos, regresé con mi amiga y volví al otro día a mi casa. La explicación que di fue que Valentino me había abandonado sin razón y parecieron comprenderme porque me abrazaron, me consolaron y me dejaron en paz, ni siquiera me preguntaron por qué había regresado después de dos meses…
Como dije antes, en un primer momento lloraba casi las veinticuatro horas del día excepto cuando Olga me vigilaba, ya que nunca demostró ser una mujer comprensiva con los problemas personales de los empleados del hotel. Sin embargo, y a medida que pasaban los meses y yo notaba que en realidad no iba a tener que darle explicaciones a un hijo no querido, fui abriéndome más y me acerqué mucho a un cocinero llamado Amín. Él odiaba su nombre, de manera que todos lo llamaban por su segundo nombre (Sebastián), pero yo no lo recordaba y terminé generando un sobrenombre que parecía de mujer (él nunca se quejó): An.
Este muchacho era de mi misma edad y muy tímido: bastaba acercarse y expresarle la opinión positiva de los comensales para que enseguida sus mejillas tornaran a un color rosado y sus ojos no pudiesen levantar la vista del piso. Este retraimiento eclipsaba su atractivo físico ya que parecía que lo obligaba a mantenerse encorvado y a no dejar que la gente descubriese el color negro profundo de sus ojos. Me superaba en altura pero no mucho y su espalda informaba de un anterior entrenamiento, al igual que sus brazos; usaba el pelo castaño claro corto casi al ras por cuestión de higiene y porque si dejaba que creciera mucho más tendría  “rulos muy marcados e incontrolables” (una expresión que utilizó él para definir su cabellera).
Lo que más me llamaba la atención era su voz. Una voz profunda y grave, que calaba los huesos si te tomaba por sorpresa pero que no dejaba de ser dulce y amable. A mí me encantaba y me esforzaba todos los días por oírla pronunciar más de cinco palabras.
Si creen que me enamoré de él, que fue una especie de salvación, se equivocan. Nunca coqueteó conmigo – aunque me enteré después que se había enamorado profunda y rápidamente de mí-, y nuestra relación la entendíamos sólo nosotros: nos llamábamos todos los días, me llevaba a mi casa siempre que podía, cada vez que nuestras miradas se cruzaban surgía una sonrisa en ambos rostros y en toda posible oportunidad nos abrazábamos o caminábamos de la mano. Aún así, nunca habíamos puesto ningún título de nada, éramos dos amigos que se contenían y se expresaban el afecto que el otro necesitaba. En realidad no era tan difícil comprenderlo ya que yo tenía el corazón destrozado, no guardaba ilusiones amorosas futuras y él era la primera vez que tenía oportunidad de cambiarse la remera delante de una mujer sin que las manos le temblaran y quedara en ridículo.
En fin, con él y con Vanessa pude superar con más facilidad y rapidez mi crisis “valentinesca” hasta que nuevamente quiso aparecer en mi vida y regalarme ese maldito anillo.

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