El ser humano
está plagado de fenómenos abstractos por su condición espiritual, y uno de
ellos es la memoria. La ciencia la define como una función del cerebro de la
que se encarga el hipocampo y que permite evocar información del pasado.
Si nos proponemos
detallar aún más qué es lo que podríamos encontrar si fuera una especie de caja
y la abriésemos, encontraríamos olores, sabores, imágenes, sonidos y por qué
no: sensaciones ante algún estímulo, emociones y sentimientos. La memoria
abarca a todo el ser humano, es su identidad.
Cuando nos
presentamos ante alguien la ejercitamos sin percatarnos de ello: nos acordamos
de nuestro nombre, de nuestra edad, profesión, estudios, y cualquier dato del
que dependa la conversación; es decir, si nos encontramos conociendo alguna
amistad de un integrante de nuestra familia tomamos de la memoria el vínculo
que nos une; constantemente utilizamos la información de este centinela del cerebro, como diría
William Shakespare.
Es un proceso
estudiado a lo largo de los años y que, sin embargo, aún hoy es imposible
explicar cómo se organiza “sola” la información que allí se alberga. Siempre
estuvo allí, es natural del hombre y, sin embargo, no podemos definirla en su
totalidad.
Hay quienes dicen
que poseen lo que se llama “memoria selectiva” y que, a mi entender, no es más
que desechar aquellas situaciones no gratas, no satisfactorias o que generan un
malestar. Esto es imposible; la memoria está ligada íntimamente con nuestros
sentimientos y nuestras emociones pero es arbitraria y se limita a cumplir con
su misión: llenarse de toda la información que provenga del exterior o del
interior de la persona (como ser reflexiones). Quitar de la memoria algún hecho
o una imagen de un objeto es un trabajo arduo para nuestro cerebro y el ser
humano por sí solo no es capaz de lograrlo.
Es delicioso y
satisfactorio cuando recordamos rápidamente un objeto o una situación, sea
porque es una imagen (sonora, visual o sensorial entre otras) reciente y la
memoria la alberga en la “capa” más cercana al consciente o, por el contrario,
está alojada en una de las capas más lejanas pero que guarda una significación
importante para nosotros. Un ejemplo de esto último podría ser que nos acordamos
de la música que sonaba en la fiesta cuando nuestra pareja nos propuso
bailar.
Sobre el tema de
las “capas” de la memoria voy a detenerme lo suficiente como para que se
comprenda del todo mi imagen de lo que es la memoria.
En un extremo de
nuestro cerebro se encuentra la conciencia y en el otro nuestro inconsciente.
La memoria sería como una esponja que roza estos dos extremos sin tocarlos y
que percibe en sus lados laterales las emociones o las sensaciones que se unen
a un hecho o un objeto determinado.
Sucede que cuando
la información ingresa a esta esponja puede tener dos destinos: o bien se queda
cerca del consciente por ser necesaria en lo cotidiano, o va atravesando las
capas hasta llegar a la más próxima al inconsciente –que es la que más se resiste
a “prestarnos” datos de manera inmediata-.
Pero, como toda
esponja, también ocurre que algunas imágenes les ceden su lugar a otras y allí
es cuando decimos que ocurre el olvido.
Desde San Agustín,
que en sus Confesiones da su punto de vista de la memoria y el olvido, nos
encontramos con una dificultad básica: si el olvido es la carencia de memoria, ¿cómo
sabemos qué es olvido? No puede ser que lo adquiramos experimentándolo, porque
si esto fuese así, lógicamente lo “olvidaríamos”. Resulta que es innato en el
ser humano, como la memoria, y aún es un hecho inexplicable cómo tenemos
conocimiento acerca de lo que es.
De igual manera
no existe un olvido total de las
cosas, solamente se alojan en la capa más cercana al inconsciente y, sólo
accediendo a él, podemos rescatar la información que ni siquiera sabíamos que continuábamos
albergando.
En muchas
ocasiones intentamos recordar y no lo logramos hasta que pasa un tiempo, y esto
se debe a que la memoria almacena de manera organizada las imágenes que a ella
llegan: por un lado están los olores, los relacionados a experiencias
agradables y a experiencias desagradables; las imágenes visuales, igualmente
divididas; y así sucesivamente. De esta manera, el ser humano envía aquella
información que le genera malestar hacia las capas más cercanas al inconsciente
para no tenerlas presentes cotidianamente; aunque, también sucede que la
memoria “decide” ella misma qué datos quedan en qué extremo de ella.
En resumen, la
memoria es una facultad del ser humano de inmensa utilidad y complejidad,
gracias a ella podemos entablar conversaciones, establecer relaciones y
desarrollarnos como persona, entre otras cosas; y, el olvido, inmensamente
relacionado con la memoria, significa la ausencia de ésta, a veces por un
tiempo prolongado y otras con duración más breve.