jueves, 19 de abril de 2012

¿Alguna vez pensaste que te podía pasar a vos?. (P.II)


Día 2
Esto es absolutamente increíble, me quedé dormida. Quiero que alguien me explique por qué cada vez que hay algo que me importa me quedo dormida. Encima llamó Valentino, me quería ver.
Por suerte Olga me dijo que puedo cubrir el turno de la tarde-noche. (Dije “por suerte”… sí, estoy afectada.)
Acabo de volver del Burger King, me encontré con Valentino. Así que paso a describir todo lo que sucedió en esas horas.
“-¿Hola?
-Habla Valentino ¿Cómo estás? – me dijo con voz despreocupada, aunque yo sabía que estaba nervioso.
-Bien ¿Pasó algo?
-No, nada, quiero verte. Hoy a las 12 en el Burger de siempre ¿te parece?
-Bueno, nos vemos ahí
-Esperá, ¿dejaste de trabajar? Salías a las 2 de la tarde…
-No intentes controlarme Valentino, hoy trabajo en otro turno. Nos vemos. Beso
Juro que muy pocas cosas me resultaron tan difíciles como controlarme de la manera en que lo hice cuando escuché su voz; tenía ganas de gritarle, de llorar y de suplicarle una buena explicación, pero, como ven, fui más fuerte.
A las 11.59 ya estaba en el dichoso centro de comida rápida que ahora Valentino arruinaba. Punto para él.
Lo vi llegar y lo primero que pensé fue lo lindo que estaba, como cuando nos conocimos, como cuando me dio mi primer beso, como cuando lo hicimos por primera vez los dos o como cuando me dejó plantada en el Starbucks para después desaparecer. Porque es así, Valentino siempre fue el más lindo, y sinceramente nunca entendí cómo me eligió a mí. Usaba el pelo negro azabache lo suficientemente largo como para atárselo en una colita, ojos color verde esmeralda y un lunar en la mejilla izquierda que le daba un “no sé qué” a toda su persona. Es alto pero no flacucho, siempre tuvo sus brazos marcados y una leve pancita. Todo un galán.
Nos saludamos con un beso en el cachete demasiado frío y nos dirigimos a las cajas para pedir nuestros menús: él dos Whoopers y yo un Combo Italiano con papas y gaseosas agrandadas; pagó él.
Encontramos lugar, demasiado rápido para mi gusto, y nos sentamos uno frente al otro. Yo seguía en mi papel de difícil así que procedí a desenvolver mi hamburguesa mientras le dije:
-¿Necesitas algo de mí que apareciste así de la nada?
-Sos más linda cuando te ponés en dura…
-Gracias…¿entonces?
-Bueno, te voy a contar que anduve de viaje por problemas con la empresa de mi viejo…y no te pude sacar de mi cabeza…ni a vos ni a…
-Si hablás por tu hijo, tranquilo, no existe. – lo interrumpí con tono malicioso
-Ah…igual…pensé mucho en ese viaje…fui a Moscú a visitar a un importante empresario amigo de mi familia…y él tiene 18 hijos
-…
-Si no te interesa, contame vos qué estuviste haciendo…
-Me interesa saber a dónde va la historia de tu viaje, yo te estuve buscando para decirte que eras un idiota por escaparte, que no eras papá y nada más…
-¿Me dijiste idiota?... No me escapé, tuve que viajar…
-Claro, sin avisarme nada…en ese momento éramos novios.
Ya había dejado mi hamburguesa a un lado y comía nerviosa y provocativamente las papas fritas; él se había comido una Whooper y estaba por abrir la otra cuando le dije eso.
-Está bien, estuve mal. Soy un inmaduro, pero no quise escaparme...o sea, no iba a desaparecer para siempre, te das cuenta que volví y no después de nueve meses…
-No, después de tres semanas…todo un gesto. Valentino andá al grano. Sabés que estoy enojada y mis motivos son muy bien fundamentados. Un hombre no tiene esas reacciones.
-Te amo, eso es lo que pasa. Y teníamos toda una vida planeada juntos, nos íbamos a casar, íbamos a viajar o a cumplir sueños. Después de eso venían los hijos. Fue un golpe para mí, pero no pensaba dejarte ni mucho menos…necesitaba un tiempo para acomodar mis ideas…
-Me amás y me dejás en un momento crucial, en el momento en el que tendría que decirle a mis viejos que me mandé una cagada, en el momento en el que hubiera tenido que organizar mi vida para mi hijo…eso no es amor.  ¿Para eso me llamaste?
-Sí, y para reconquistarte. Te conozco y sabía que ibas a estar así de enojada…
-Te perdono Valentino, porque entendí que no tenés 21 años, tenés 15; así que es una reacción normal para alguien de tu edad. Y no hace falta conocerme para saber cómo iba a estar, a nadie le gusta el abandono.
-¿Me odiás? – fue en este momento en el que empecé a sentirme mal, y me odio por ser tan buena persona: los ojos se le estaban poniendo llorosos y le temblaban las manos.
-No…- y se me cayó una lágrima.
-No me gusta que llores…
-Bueno, entonces me voy. Tengo que trabajar además. Me alegra que estés bien.
-Te llevo
Una alerta en mi mente me decía “NO ACEPTES” pero, como casi siempre en mis decisiones, opté por ignorar esa señal y accedí al favor.
Sobre este punto quiero aclarar que el hotel en donde soy subgerente está ubicado en el centro de la Capital, así que el viaje con Valentino duró alrededor de una hora y media (de la que lloré 30 minutos en silencio).
-¿Ya pasó?
-Nunca va a pasar, y me arrepiento de haber venido con vos. Me hacés mal.
-Bien. Perdón. Te traje algo. Abrí la guantera…pensé que todo iba a salir mejor de lo que salió…
-¿Y si no quiero saber qué me trajiste?
-Dale, sé que querés. Estoy manejando.
Cuando abrí la guantera de la camioneta un paquetito cayó en mis piernas. Lo sostuve un momento mirándolo con recelo hasta que mis manos comenzaron a romper el envoltorio.
Lo primero que pensé fue que todo había sido un sueño o que alguna persona me estaba jugando una broma, porque ¿qué me había traído? un anillo precioso con una gema en cuyo interior se leía “I love you”.
-¿Te gusta?
-El anillo me encanta, tu actitud es un asco. – y de nuevo cayeron las lágrimas.
-Te dije que pensé que todo iba a salir mejor; tenía esa ilusión porque…porque…no sé, te amo y me niego a perderte…si no lo querés…está bien…
-Me lo quedo, pará acá que me tomo el colectivo.
-Está bien, mañana te llamo…te amo – me dijo mirándome suplicante por una respuesta
-Nos vemos, gracias por todo.”
Y ahí lo tienen, dando la nota como de costumbre. Por suerte llegué más temprano al trabajo y pude hablar con una muy buena amiga, Vanessa. Le conté el episodio en el Burger, le mostré el anillo y hasta que no paré de llorar se mantuvo callada; después me retó por haber accedido, se arrepintió y me felicitó porque las mujeres tienen que ser valientes y por último me recordó que “él” estaba en el hotel y que cualquier cosa mala que me pasara no se comparaba con la satisfacción de tenerlo cerca. Tenía razón, en un punto. Porque vamos, las cosas malas y negativas pesan mucho más que las lindas y positivas.
Me estaba poniendo el chaleco azul francia que me queda por la cintura y tiene un cartelito dorado con mi nombre, cuando Olga entró a lo que sería el vestuario y me advirtió que era la única y última vez que me cambiaba el turno. No respondí nada, mis ojos todavía estaban húmedos, mi nariz enrojecida y mi garganta trabada. Ella se dio cuenta y por primera vez desde que la conocí pareció apiadarse de mí y me dio dos palmaditas en el hombro, como un empuje hacia mi lugar de trabajo. Olga logró mi primera sonrisa de hoy.
Para esto eran las cuatro de la tarde y recién empezaba mi turno, que sería hasta las diez de la noche hipotéticamente. En las primeras horas me dediqué a los controles de rutina: quién faltó, por qué, qué hizo aquél, qué no hizo, quién hizo de más, qué opiniones tienen los clientes, qué falta en tal habitación, qué sobra en la otra…en fin, puras planillas aburridas y que exigen trabajo mecánico, como si fuera una máquina de poner “tics” y “cruces” al lado de los nombres o anotar frases claves como “alfombra sucia “o “menú de la merienda exitoso”. No subestimo a ningún gerente de hotel, pero en lo que a mí respecta, me gusta mucho más cuando puedo permitirme acercarme a las personas y conversar un poco con ellas.
Eso es lo que hice durante la cena (21.30 hs). Una pareja de ancianos muy simpáticos me invitó a sentarme a su lado ya que la gente suele bajar a las 22 hs y se sentían solos; accedí muy amablemente y conversamos sobre el hotel, sobre la ciudad, los espectáculos, las mascotas en los hoteles…y acerca del amor. Los envidié en ese momento, y quizás ahora un poco también, porque estaban tan alegres por estar en presencia del otro y yo me sentía muy desdichada. Me desahogué con mis nuevos amigos, les conté lo importante de mi relación amorosa con Valentino y me dijeron una frase que volvió a sacarme una sonrisa: “Querida, sos tan joven, tan bonita… dale a cada cosa la importancia que merece, permitite soñar y cumplir tus sueños…”. Cuando les iba a preguntar qué tenía que ver eso con mi dramática y decadente situación amorosa se escuchó el barullo de la multitud que bajaba a cenar; le cedí el asiento a un hombre que parecía llevarse bien con Elsa y Fernando (la parejita anciana) y saludé a todos los que se sentaban en la mesa. En seguida noté que alguien faltaba.