Día 2
Esto es
absolutamente increíble, me quedé dormida. Quiero que alguien me explique por
qué cada vez que hay algo que me importa me quedo dormida. Encima llamó
Valentino, me quería ver.
Por suerte
Olga me dijo que puedo cubrir el turno de la tarde-noche. (Dije “por suerte”…
sí, estoy afectada.)
Acabo de
volver del Burger King, me encontré con Valentino. Así que paso a describir
todo lo que sucedió en esas horas.
“-¿Hola?
-Habla Valentino ¿Cómo estás? – me dijo con
voz despreocupada, aunque yo sabía que estaba nervioso.
-Bien ¿Pasó algo?
-No, nada, quiero verte. Hoy a las 12 en el
Burger de siempre ¿te parece?
-Bueno, nos vemos ahí
-Esperá, ¿dejaste de trabajar? Salías a las
2 de la tarde…
-No intentes controlarme Valentino, hoy
trabajo en otro turno. Nos vemos. Beso
Juro que muy pocas cosas me resultaron tan
difíciles como controlarme de la manera en que lo hice cuando escuché su voz;
tenía ganas de gritarle, de llorar y de suplicarle una buena explicación, pero,
como ven, fui más fuerte.
A las 11.59 ya estaba en el dichoso centro
de comida rápida que ahora Valentino arruinaba. Punto para él.
Lo vi llegar y lo primero que pensé fue lo
lindo que estaba, como cuando nos conocimos, como cuando me dio mi primer beso,
como cuando lo hicimos por primera vez los dos o como cuando me dejó plantada
en el Starbucks para después desaparecer. Porque es así, Valentino siempre fue
el más lindo, y sinceramente nunca entendí cómo me eligió a mí. Usaba el pelo
negro azabache lo suficientemente largo como para atárselo en una colita, ojos
color verde esmeralda y un lunar en la mejilla izquierda que le daba un “no sé
qué” a toda su persona. Es alto pero no flacucho, siempre tuvo sus brazos
marcados y una leve pancita. Todo un galán.
Nos saludamos con un beso en el cachete
demasiado frío y nos dirigimos a las cajas para pedir nuestros menús: él dos
Whoopers y yo un Combo Italiano con papas y gaseosas agrandadas; pagó él.
Encontramos lugar, demasiado rápido para mi
gusto, y nos sentamos uno frente al otro. Yo seguía en mi papel de difícil así
que procedí a desenvolver mi hamburguesa mientras le dije:
-¿Necesitas algo de mí que apareciste así de
la nada?
-Sos más linda cuando te ponés en dura…
-Gracias…¿entonces?
-Bueno, te voy a contar que anduve de viaje
por problemas con la empresa de mi viejo…y no te pude sacar de mi cabeza…ni a
vos ni a…
-Si hablás por tu hijo, tranquilo, no
existe. – lo interrumpí con tono malicioso
-Ah…igual…pensé mucho en ese viaje…fui a
Moscú a visitar a un importante empresario amigo de mi familia…y él tiene 18
hijos
-…
-Si no te interesa, contame vos qué
estuviste haciendo…
-Me interesa saber a dónde va la historia de
tu viaje, yo te estuve buscando para decirte que eras un idiota por escaparte,
que no eras papá y nada más…
-¿Me dijiste idiota?... No me escapé, tuve
que viajar…
-Claro, sin avisarme nada…en ese momento
éramos novios.
Ya había dejado mi hamburguesa a un lado y
comía nerviosa y provocativamente las papas fritas; él se había comido una
Whooper y estaba por abrir la otra cuando le dije eso.
-Está bien, estuve mal. Soy un inmaduro,
pero no quise escaparme...o sea, no iba a desaparecer para siempre, te das
cuenta que volví y no después de nueve meses…
-No, después de tres semanas…todo un gesto.
Valentino andá al grano. Sabés que estoy enojada y mis motivos son muy bien
fundamentados. Un hombre no tiene esas reacciones.
-Te amo, eso es lo que pasa. Y teníamos toda
una vida planeada juntos, nos íbamos a casar, íbamos a viajar o a cumplir
sueños. Después de eso venían los hijos. Fue un golpe para mí, pero no pensaba
dejarte ni mucho menos…necesitaba un tiempo para acomodar mis ideas…
-Me amás y me dejás en un momento crucial,
en el momento en el que tendría que decirle a mis viejos que me mandé una
cagada, en el momento en el que hubiera tenido que organizar mi vida para mi
hijo…eso no es amor. ¿Para eso me
llamaste?
-Sí, y para reconquistarte. Te conozco y
sabía que ibas a estar así de enojada…
-Te perdono Valentino, porque entendí que no
tenés 21 años, tenés 15; así que es una reacción normal para alguien de tu
edad. Y no hace falta conocerme para saber cómo iba a estar, a nadie le gusta
el abandono.
-¿Me odiás? – fue en este momento en el que
empecé a sentirme mal, y me odio por ser tan buena persona: los ojos se le
estaban poniendo llorosos y le temblaban las manos.
-No…- y se me cayó una lágrima.
-No me gusta que llores…
-Bueno, entonces me voy. Tengo que trabajar
además. Me alegra que estés bien.
-Te llevo
Una alerta en mi mente me decía “NO ACEPTES”
pero, como casi siempre en mis decisiones, opté por ignorar esa señal y accedí
al favor.
Sobre este punto quiero aclarar que el hotel
en donde soy subgerente está ubicado en el centro de la Capital, así que el
viaje con Valentino duró alrededor de una hora y media (de la que lloré 30
minutos en silencio).
-¿Ya pasó?
-Nunca va a pasar, y me arrepiento de haber
venido con vos. Me hacés mal.
-Bien. Perdón. Te traje algo. Abrí la
guantera…pensé que todo iba a salir mejor de lo que salió…
-¿Y si no quiero saber qué me trajiste?
-Dale, sé que querés. Estoy manejando.
Cuando abrí la guantera de la camioneta un
paquetito cayó en mis piernas. Lo sostuve un momento mirándolo con recelo hasta
que mis manos comenzaron a romper el envoltorio.
Lo primero que pensé fue que todo había sido
un sueño o que alguna persona me estaba jugando una broma, porque ¿qué me había
traído? un anillo precioso con una gema en cuyo interior se leía “I love you”.
-¿Te gusta?
-El anillo me encanta, tu actitud es un
asco. – y de nuevo cayeron las lágrimas.
-Te dije que pensé que todo iba a salir mejor;
tenía esa ilusión porque…porque…no sé, te amo y me niego a perderte…si no lo
querés…está bien…
-Me lo quedo, pará acá que me tomo el
colectivo.
-Está bien, mañana te llamo…te amo – me dijo
mirándome suplicante por una respuesta
-Nos vemos, gracias por todo.”
Y ahí lo
tienen, dando la nota como de costumbre. Por suerte llegué más temprano al
trabajo y pude hablar con una muy buena amiga, Vanessa. Le conté el episodio en
el Burger, le mostré el anillo y hasta que no paré de llorar se mantuvo
callada; después me retó por haber accedido, se arrepintió y me felicitó porque
las mujeres tienen que ser valientes y por último me recordó que “él” estaba en
el hotel y que cualquier cosa mala que me pasara no se comparaba con la
satisfacción de tenerlo cerca. Tenía razón, en un punto. Porque vamos, las
cosas malas y negativas pesan mucho más que las lindas y positivas.
Me estaba
poniendo el chaleco azul francia que me queda por la cintura y tiene un
cartelito dorado con mi nombre, cuando Olga entró a lo que sería el vestuario y
me advirtió que era la única y última vez que me cambiaba el turno. No respondí
nada, mis ojos todavía estaban húmedos, mi nariz enrojecida y mi garganta
trabada. Ella se dio cuenta y por primera vez desde que la conocí pareció
apiadarse de mí y me dio dos palmaditas en el hombro, como un empuje hacia mi
lugar de trabajo. Olga logró mi primera sonrisa de hoy.
Para esto eran
las cuatro de la tarde y recién empezaba mi turno, que sería hasta las diez de
la noche hipotéticamente. En las primeras horas me dediqué a los controles de
rutina: quién faltó, por qué, qué hizo aquél, qué no hizo, quién hizo de más,
qué opiniones tienen los clientes, qué falta en tal habitación, qué sobra en la
otra…en fin, puras planillas aburridas y que exigen trabajo mecánico, como si
fuera una máquina de poner “tics” y “cruces” al lado de los nombres o anotar
frases claves como “alfombra sucia “o “menú de la merienda exitoso”. No
subestimo a ningún gerente de hotel, pero en lo que a mí respecta, me gusta
mucho más cuando puedo permitirme acercarme a las personas y conversar un poco
con ellas.
Eso es lo que
hice durante la cena (21.30 hs). Una pareja de ancianos muy simpáticos me
invitó a sentarme a su lado ya que la gente suele bajar a las 22 hs y se
sentían solos; accedí muy amablemente y conversamos sobre el hotel, sobre la ciudad,
los espectáculos, las mascotas en los hoteles…y acerca del amor. Los envidié en
ese momento, y quizás ahora un poco también, porque estaban tan alegres por
estar en presencia del otro y yo me sentía muy desdichada. Me desahogué con mis
nuevos amigos, les conté lo importante de mi relación amorosa con Valentino y
me dijeron una frase que volvió a sacarme una sonrisa: “Querida, sos tan joven,
tan bonita… dale a cada cosa la importancia que merece, permitite soñar y
cumplir tus sueños…”. Cuando les iba a preguntar qué tenía que ver eso con mi
dramática y decadente situación amorosa se escuchó el barullo de la multitud
que bajaba a cenar; le cedí el asiento a un hombre que parecía llevarse bien con
Elsa y Fernando (la parejita anciana) y saludé a todos los que se sentaban en
la mesa. En seguida noté que alguien faltaba.